Nacimiento de la nueva Capilla

Por Santiago Zabala*

Agradezco a Dios el momento en que me mostraron los planos de ampliación del Colegio. Empecé a buscar en ellos la futura capilla, ¿dónde estaría? Entonces nos dimos cuenta de que no estaba, y ahí empezó esta historia.
Luego de discutirlo se eligió, el que creemos, es el lugar indicado. Mi alegría creció cuando el Hermano Daniel, con el que siempre hablábamos sobre este proyecto, me pidió que pensara en qué imágenes podríamos emplazar en la Capilla.

Después de presentar mis bocetos de las posibles pinturas, a los hermanos, fueron elegidas, las que eran de su agrado y me encargaron comenzar a trabajar en ellas. No me costó nada decidir los relatos de las obras, sino que surgieron naturalmente en mí. El Cristo resucitado con el Sagrado Corazón y su expresión trinitaria. La Sagrada Familia, por supuesto, y la comunidad corazonista creciendo con el árbol de la vida, cada una de 2.20 por 1.60 mts.
Cuando mi trabajo iba avanzando, los hermanos comenzaron a consultarme sobre el mobiliario, el altar, la base del sagrario, el ambón, la cruz, los bancos, el vía crucis, lo que, en definitiva, me llevó a diseñar  cada una de estas piezas. Esto es una gran ventaja, porque el entender el espacio sagrado como un todo, una unidad, hace que cada pintura, cada volumen y su disposición fueran pensados en relación, lo que logra armonía, verdad, un relato y un tiempo y lo atemporal.
Cuando ya tenía todo bocetado sentí que era el momento de arrodillarme y preguntarle a mi Iglesia si era de su agrado. Teniendo la suerte de tener como amigo al Padre Edison Nogués, artista y maestro, miembro de la Comisión de Arte Sacro de la Arquidiócesis de Montevideo, de quien, en nuestras charlas, escuché y sentí con claridad que vive lo sagrado, con naturalidad en toda la vida y en particular en la obra de arte.
A él le pedí que diera el “visto bueno” a todo el proyecto. Cuando me dijo que cumplía con todo lo debido y, además, era de su agrado, sentí que me abrían las puertas del jardín para correr con paz y alegría a pintar los cuadros y a definir cada detalle de los volúmenes.

Cruz de maderaLa cruz de Madera sobre la pared.

Tallada a mano, juega con las curvas que expresan dinamismo y llevan al centro. Cristo es el centro y en esta imagen debíamos asumir la muerte pero también con una expresión de vivencia real del dolor con la serenidad al final.

 

Ambón de maderaEl Ambón

La Palabra que es Cristo, se expresa en la cruz con el Sagrado Corazón de la cara frontal y también en su forma.
Tiene una base segura sobre la tierra, que toca y se estrecha al sumergirnos en su Misterio, para volver a abrirse hacia lo superior. Es la Palabra para todos, que nos lleva a elegir, para después poder llegar a Dios, abierto y dispuesto a recibirnos.

 

Base del SagrarioAltar

La iglesia que nos lleva a Dios. La barca que con sus redes arrastra, y los peces que se disponen y quieren ser llevados a ella. En la barca lo vivo de la iglesia cuando es comunidad: Juan con su mirada directa a Dios, Santiago mirando a este mundo para atraernos hacia Dios y Pedro que se remanga y actúa con decisión para, uno a uno, hacernos comunidad. Todo es curvo y dinámico, hasta que se une en lo eterno del Cristo.

 

Altar

Siempre estático por lo eterno, pero entra y se mueve en el tiempo con las curvas del pan y el vino talladas en la cara frontal, sin definir el adelante y el atrás; el adentro y el afuera. Cristo entra en el tiempo, se hace cuerpo y sangre, y permanece: ayer, hoy y siempre en su sacrificio por nosotros.

 

Bancos de la CapillaBancos

Lo sólido de sus volúmenes remite a lo eterno, porque así es la comunidad iglesia, para sostenerse y sostener a los que recibe. Somos los peces que, nadan decididamente, hacia aquel que los espera para unirlos totalmente a él en su sacrificio. El color de la madera y la sobriedad de la línea y el hueco definen estas obras, porque así, el volumen muestra mejor lo que presenta.

 

La Sagrada FamiliaSagrada Familia

María debía ser la que marcara el tiempo de lectura de todo el cuadro. Es así que su paz y su serenidad que siento eternas al contemplarlas, son lo que primero se impone al mirar el cuadro. Después nuestra atención va al niño Jesús que es por quién y en quien María se entrega a Dios. Son enormes el “SI” de María a ser la Madre de Jesús y la calma que viene del niño, de su naturaleza divina, sin duda, pero también de encontrar en los brazos de su madre el sitio perfecto.

Y José, ¿Cómo no amar a José, que desde lo austero, noble y silencioso me trasmite que lo más grande en él, es ser el más sencillo y el que está? Estar, estar a la hora de confiar en Dios, de confiar en María, de criar al niño como propio. Desde lo sencillo, que es el estar, el ser padre, dedicar toda su vida a la familia que, de algún modo, pre-figura la gran familia de la iglesia que venía.  Por eso lo recíproco, Primero María que se recuesta y sostiene al niño, lo necesita como todos nosotros lo necesitamos, y él que la elige y la necesita. Y José que expresó su “SI” al estar y proteger a su familia, a nuestra familia. Hay también otra lectura en la seguridad que empezamos a ver en el niño, como adelantando lo que sucederá después: él es y será el que sostiene y el que salva.


El árbol de la vidaEl árbol y la comunidad.

Como el árbol de la vida, con raíces sólidas y profundas en la tierra que es Dios. Frondoso, con fuerza, movimiento y  dirección hacia el cielo. Con la fe en el Señor, nuestra comunidad corazonista se hace tronco y ramas para que con su savia hecha sangre  alimente a muchos.
Los hermanos me trasmitieron esto personalmente. El entusiasmo, la actividad y su responsabilidad al dar los primeros pasos en la misión. Así en el rostro del Padre Andrés Coindre, sin edad y naciente entusiasmo y el del Hermano Policarpo que trasmite serenidad y convicción, así como también trasluce el peso de la cruz que le tocó y aceptó con absoluta entrega, de donde nace su mirada reflexiva, introspectiva y contemplativa.

Nuestro querido Hermano Avelino que incluimos, ya bocetada la obra reflexionando con el Hermano Daniel. ¿Cómo no incluirlo si acabábamos de perderlo? Había fallecido en esos días y no lo dudamos porque siempre fue modelo para todos, de cómo debía ser lo vivido y lo a trasmitir como testimonio de ser cristiano. Por eso, esa expresión en su cara, positiva pero madura, que decía mucho, a veces sin hablar. Sus ojos y su tono de voz siempre nos recordaban, cómo ser y vivir cada día más, de Cristo.

Los cuatro niños los representan a todos, son los pequeños.

El pequeño que confía en su padre y por eso se anima a mirarlos y comenzar a crecer.

El mayor, que empieza a disfrutar de la misión de extender sus brazos a los demás.

La niña que busca el misterio y el sentido de la vida.

Su interior la impulsa hacia la comunidad y empieza a descubrir la verdad.

Y la niña que serena y segura nos observa en primer plano porque es la más crecida en la fe, tanto que al mismo tiempo que nos mira, lo hace para que el que quiera, la observe hasta contemplar en ella, la interioridad de quien conoció el misterio y espera compartirlo, como teniéndolo en sus manos para regalárnoslo.

El Sagrado CorazónCristo

Sin duda Cristo iba a ser el que más me iba a exigir, por la sencilla razón de atrevernos a pintar lo más grande, la verdad, el todo. Sentí que tenía que ser cercano y mirarnos porque así creo que es él. Lo que sucede a menudo es que somos nosotros los que no lo miramos de frente, para dejarnos desnudar por su mirada liberadora, sincera calma y activa al mimo tiempo. Sus brazos nos hacen presente la cruz, nos recuerdan su muerte, pero nos ofrecen el abrazo eterno del resucitado para resucitarnos con él.          Las manos  abiertas de Dios Padre, se nos ofrecen como padre y madre para que le correspondamos en su amor. Por eso y coinciden con las de Cristo, porque lo ama, porque nos ama, porque son uno. Son uno en su amor. Tan grande su amor que comparten en su mismo Espíritu. Por eso en el abrazo coinciden el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en ese abrazo único, de Uno y Trino, para nosotros.

 

Simbología y Técnica

Siempre me sentí cómodo apoyándome en la Tradición como mi familia, pero para después decir la verdad de Dios con mi voz. Por eso coincido en lo profundo y trascendente de los azules, lo divino en los ocres,  la pureza en el blanco, la pasión en el rojo y la vida en los verdes, por ejemplo. La sección aurea siempre me hizo sentir cómodo pero no encarcelado por ella.

En cuanto a la técnica  generalmente utilizo base de acrílico y óleo como material definitivo. Los maestros modernos me marcaron, por lo que, para mí el plano, la línea, el punto y una ejecución que muestra el gesto de la mano me identifica. En estas tres pinturas vuelvo a manejar los planos como puertas o pasos de lo cercano a lo profundo, no como perspectiva que, generalmente, no utilizo, sino como puertas.

En cuanto a los elementos de la naturaleza, siempre me atraen por su belleza dada por Dios y me es natural ordenarlos por y para Dios. Por eso, hojas, plantas, peces, astros, todos se ordenan hacia Dios por su presencia y también por su número: los doce, los veinticuatro del Apocalipsis, los cuatro de los evangelios y lo universal, el sol y la luna como símbolo del matrimonio de Dios y la iglesia.

Para finalizar vuelvo sobre algo que mencioné pero que dejé para detenerme al final. abía que la expresión de los rostros iba a ser lo más difícil y ni bien sentía que lograba lo que buscaba y quería decir, lo dejaba, aún con algún pequeño grado de duda en cuanto a la ejecución. No sacrifico ni arriesgo lo profundo y verdadero que siento lograr, por una pincelada más. Es la experiencia de lo “Otro”.

Y por último lo más importante. Sabía que el rostro de Cristo no lo iba a resolver hasta el final porque es de enorme importancia para mí. Y así fue. Sentía como un pedirle permiso, cada vez que apoyaba el pincel en él y sucedió lo que otras veces experimenté, mis ojos húmedos, mi ser al desnudo frente a Cristo, sintiendo claramente su presencia, su verdad, el “mysterium tremendum”.

Por eso:
Gracias Señor, por dejarme preparar tu mesa, por dejarme pintarte.

Gracias Señor por amarme y amarnos a todos como parte de tu obra.

Gracias a todos los que confiaron en mí, al Hermano Daniel, al Hermano Avelino, al Hermano Gonzalo, al Hermano Enrique, al Hermano Lázaro y al Hermano Emilio que comenzado el proceso y en momentos difíciles, no dudó en seguir adelante con el proyecto haciéndolo suyo.

Gracias al Padre Edison por su sabiduría de Maestro que da paz.

Gracias a mi familia que convivió muchos meses con el nacimiento de esta Capilla que siempre iba conmigo, donde fuera.

Gracias

Las obras y su autor
*Santiago Zabala es catequista y Licenciado en Arte.

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